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Autor: Firma invitada
junio 20, 2016

Cuando mis compañeros tuvieron la deferencia de invitarme a participar en su blog, además de aceptar agradecido, como decían las antiguas donaciones, no pude no pensar en lo de “en mi vida me he visto en tal aprieto”, pues escribir en blog ajeno, igual que entrar en casa ajena, aunque esta lo sea solo en parte, supone, si no deberes, que también, sí responsabilidades.

Una de ellas es la de procurar no espantarles del todo la audiencia, que en su caso me consta ser merecidamente numerosa, y el primer paso en dicho camino es la elección de la materia a tratar.

Así que hemos decidido, un poco entre todos, dedicar esta nuestra primera vez a dos temas, que ya por separado generan, como mínimo, división de opiniones: el parentesco político y los impuestos.

El parentesco por afinidad

Lo de ser “político” el parentesco viene a referirse a tener su origen no en vínculos de sangre, como el consanguíneo, sino en una relación jurídica, que eso es, además de otras cosas, el matrimonio (“in laws” los llaman los anglosajones), y nuestras normas se refieren a él técnicamente, no sin ironía o ingenuidad, como parentesco por afinidad.

El Código Civil, aunque sí contempla este vínculo en alguno de sus artículos, no llega a definirlo, ni tampoco lo regula, generando una verdadera laguna legal. La doctrina nos enseña que el parentesco por afinidad es el que une a un cónyuge con los parientes consanguíneos de su consorte.

El grado de parentesco por afinidad será el mismo que ostenta el cónyuge en la relación con sus parientes por consanguinidad. Así, el padre o madre del cónyuge son parientes por afinidad en primer grado de su consorte; los hermanos del cónyuge (cuñados) son sus parientes por afinidad en segundo grado; los sobrinos del cónyuge son sus parientes por afinidad en tercer grado, y así sucesivamente.

La definición que hemos dado, aceptada de modo general en el ámbito doctrinal, excluiría a los cónyuges de los consanguíneos (cónyuge del hermano, padrastros, madrastras, yerno o nuera). No obstante, esta cuestión no es pacífica, y razones de reciprocidad y la realidad social podrían justificar la inclusión en el concepto de afinidad de, al menos, alguno de estos supuestos. En este sentido, la Sentencia del Tribunal Supremo Sala de lo Social de 18 de febrero de 1998 admite la condición de afín del cónyuge de un hermano. Y la Sentencia del Tribunal Supremo Sala de lo Civil de 28 de octubre de 1965, que después cito, considera pariente afín a un yerno.

El parentesco por afinidad no comprende a los afines del cónyuge. Así, no existe parentesco alguno entre concuñados (y esto lo es tanto el cónyuge del hermano de mi cónyuge como el hermano del cónyuge de mi hermano) o consuegros.

Por cierto, que tampoco es pariente afín, en sentido propio, el mismo cónyuge.

En cuanto a las parejas de hecho, esta clase de relación no genera, en principio, vínculos de afinidad, aunque en derechos civiles como el catalán o el gallego, que equiparan legalmente en lo sucesorio a la pareja de hecho con el cónyuge, podría ser cuestionable la aplicación a los parientes de la pareja las normas civiles que en ese mismo ámbito sucesorio limitan la intervención de los afines, como las que ahora referiré, pero el criterio a seguir debería ser el de interpretación estricta de normas prohibitivas.

Normativa que contempla el parentesco por afinidad:

De estas normas que en el Código Civil mencionan a los parientes afines, citaré dos, especialmente relacionadas con la actuación notarial:

Las que excluyen la intervención como testigos de los afines hasta el segundo grado de los herederos o legatarios del testamento abierto (artículo 682 Código Civil).

Aunque pudiera ser discutible por suponer la aplicación extensiva de una norma limitativa, la Sentencia del Tribunal Supremo de 28 de octubre de 1965 anula un testamento abierto notarial por intervenir en él como testigo un yerno de la heredera, no dudando en incluir a estos en la categoría de afines, a pesar de no ser un consanguíneo del cónyuge, sino un cónyuge del consanguíneo.

La que impide disponer testamentariamente a favor de los afines hasta el cuarto grado del notario autorizante (artículo 754 Código Civil, que también prohíbe disponer a favor de los afines hasta el cuarto grado de los testigos en el testamento abierto, lo que supone cierta contradicción, en cuanto al grado de afinidad, con el 682 Código Civil).

Fuera de estos casos de mención expresa, hay normas civiles que claramente limitan su ámbito al parentesco de consanguinidad. Es el caso de la sucesión intestada, que utiliza conceptos exclusivos del parentesco de sangre (línea descendente y ascendente, hermanos e hijos de hermanos), aunque respecto a la sucesión de los otros colaterales del artículo 954 Código Civil, pareciendo claro del contexto normativo que no incluye al parentesco por afinidad, la cuestión ha llegado a plantearse judicialmente. En contra de comprender a los afines en dicha norma se pronuncia la Sentencia de la Audiencia Provincial de Jaén de 25 de septiembre de 1997.

También ha quedado excluida la afinidad, tras la reforma de 1981, del ámbito de los impedimentos matrimoniales, limitados hoy a los parientes por consanguinidad o adopción. Así que uno se puede casar con quien fue su cuñado o su suegra, sin reproche alguno, al menos jurídico.

Pero en otras ocasiones, la inclusión o no del parentesco por afinidad en el ámbito de una norma se ha mostrado cuestión dudosa.

Por ejemplo, la regla del Código que interpreta el llamamiento testamentario genérico a favor de los parientes como referida a los más próximos en grado (artículo 751), sin distinción expresa de tipo de parentesco, caso que, por cierto, nunca he conocido en positivo, pero sí en negativo, pues recuerdo el de un testador que me manifestó su férrea voluntad no solo de excluir de su sucesión a todos sus posibles parientes, conocidos o desconocidos, sino de prohibir al heredero que dispusiera de los bienes de la herencia a favor de ellos, cláusula que podría plantear la duda, si no se redacta en forma precisa, sobre si comprende o no a los que lo sean por afinidad.

Y no solo el Derecho civil tiene en cuenta este parentesco.

Así, la reciente regulación del conflicto de intereses de los administradores de las sociedades mercantiles, que contempla específicamente la contratación con algunos afines como generador de la situación del conflicto (artículo 231 TRLSC).

Y dudas sobre si otras normas mercantiles incluyen o no a los parientes por afinidad se han planteado, por ejemplo, en relación con el ámbito de los posibles apoderados del socio para comparecer en juntas (cuando menciona al cónyuge, descendientes o ascendientes del socio), o respecto de la transmisión de participaciones sociales, que se admite libremente si es a favor del cónyuge, descendiente, ascendiente del socio, sin excluir expresamente que esta ascendencia o descendencia sea por afinidad.

Es de resaltar, en cuanto a los supuestos de inclusión dudosa, que la Sentencia del Tribunal Supremo Sala de lo Civil de 18 de marzo de 1961 sentó un criterio restrictivo, considerando que cuando la ley habla de parentesco sin precisar la clase, debe entenderse limitado al consanguíneo, en aplicación de los artículos 916 y siguientes del Código. Se negó, con este argumento, la subrogación arrendaticia de un descendiente por afinidad (el criterio de la jurisprudencia fiscal ha sido claramente más flexible, según después diré).

Pero la falta de una regulación general de este tipo de parentesco ha provocado, como es lógico, dudas interpretativas, entre las que destaca, por lo que ahora nos toca, el determinar el momento de su extinción.

En caso de divorcio, parece lo lógico, y además ofrecerá algún consuelo a la mayoría, que, a la vez que el matrimonio, se extinga el parentesco por afinidad.

El caso de la separación plantea mayores dudas, pues el vínculo matrimonial subsiste, aunque sus efectos se modifiquen. En particular, la separación, sea legal o de hecho, afecta a los derechos sucesorios entre los cónyuges. Por ello, en mi opinión, estando los cónyuges separados, no cabría aplicar las normas civiles que, en materia sucesoria, contemplan limitativamente a los afines, como las antes citadas. Distinto es el tema de las posibles consecuencias de una separación sobre la tributación de los parientes afines, de las que después me ocupo.

Pero las principales cuestiones surgen ante el fallecimiento. La muerte del cónyuge disuelve el matrimonio. Aquí, a su vez, podrían distinguirse dos hipótesis: que fallezca primero el cónyuge consanguíneo y después el que tuviera el parentesco afín, con lo cual, dado que al fallecer este último, el vínculo matrimonial ya se habría extinguido con anterioridad, ello podría conllevar la inexistencia, en dicho momento, del parentesco por afinidad (esta ha sido, al menos, la interpretación de nuestra administración fiscal, como después diré y cuestionaré). Y la inversa, que fallezca primero el cónyuge con el parentesco por afinidad, en cuyo caso, parece que puede sostenerse que hasta el mismo fallecimiento se conservó el vínculo.

La contumaz Consulta de la DGT 23 diciembre 2015

Y pasando ya al otro tema prometido, los impuestos, no se trata ahora de negar la necesidad de un sistema impositivo, por fuerte que pueda ser el primer impulso, ni siquiera de decidir si del ahora que disfrutamos es bueno, malo o regular, aunque es bien cierto que casi todo lo que puede empeorar, empeora. Pero, sin entrar en estos debates, sí creo que procede reflexionar sobre la negativa incidencia de ciertas normas fiscales en situaciones cuya protección parecería claramente de interés general.

En Galicia, desde donde escribo, tenemos un ejemplo manifiesto de una relación jurídica, el vitalicio, que contando con una implantación social evidente, hasta el punto de ser uno de los tres únicos contratos con regulación especial en la ley civil autonómica, y siendo normal vehículo para atender las necesidades, afectivas y materiales, de personas mayores, fin digno de protección donde los haya, ha caído hoy en el casi total desuso, principal sino únicamente, por su inasumible coste fiscal.

Y es aquí donde nuestros dos temas confluyen, pues consideraciones parecidas a las últimas cabría hacer respecto de los impuestos y la afinidad.

Si bien es poco frecuente en mi experiencia, por uno u otro motivo, favorecer en el testamento a tu madre o padre político, otros casos de disposición testamentaria a favor de parientes afines no son en ningún modo excepcionales.

Quizás el supuesto más habitual, y precisamente el que ha generado dudas en el ámbito fiscal, es el del matrimonio de personas sin descendencia, que instituyen heredero al sobrino (o sobrinos) de uno de ellos, con el que tienen un especial vínculo afectivo y que es quien atiende a sus necesidades, situación que no depende en su mantenimiento de cuál de los cónyuges fallezca primero, ni de con quién tenía el sobrino el parentesco carnal.

Resulta que la normativa fiscal sucesoria (y de donaciones) contempla de modo más bien confuso la situación de los parientes por afinidad. Me voy a limitar al ámbito del derecho estatal, ya que, aunque la materia esté transferida a las CCAA, que suelen contar con normativa propia, los criterios de la normativa estatal sobre esta cuestión son comúnmente reiterados en el ámbito autonómico.

El artículo 20 de la Ley estatal del impuesto de sucesiones y donaciones (Ley 29/1987, de 18 de diciembre) contempla las reducciones en la base imponible, aplicables a las adquisiciones mortis causa, distinguiendo diversos grupos a los que aplica la reducción en progresión decreciente. El grupo III incluye: “colaterales de segundo y tercer grado, ascendientes y descendientes por afinidad”. El grupo IV comprende: “colaterales de cuarto grado, grados más distantes y extraños”.

Mientras el grupo III tiene reducción en la base imponible y un menor coeficiente multiplicador (esto último es aplicable también a las adquisiciones gratuitas inter-vivos), el grupo IV no disfruta de ninguno de estos beneficios fiscales. Esto se traduce en que incluir a una persona en un grupo u otro puede suponer importantes diferencias de tributación.

El referido grupo III comprende claramente a los descendientes y ascendientes por afinidad (como lo son los descendientes no comunes del cónyuge, los hijastros e hijastras, mencionados expresamente por la Sentencia del Tribunal Supremo de 18 de marzo de 2003, que después citaré, y también el suegro y la suegra; más dudoso podría ser el caso de los cónyuges de parientes consanguíneos, como los padrastros y madrastras, los yernos y las nueras, aunque respecto de estos últimos existe jurisprudencia civil favorable a su condición de afines, según lo ya dicho).

La duda podría radicar en si la expresión colaterales de 2º y 3º grado (grado que llegaría hasta los sobrinos, no ya a los sobrinos nietos), se extiende o no a los que lo sean por afinidad.

La cuestión, no obstante, ha quedado pacíficamente resuelta en el ámbito jurisprudencial. Las Sentencias del Tribunal Supremo de 12 de diciembre de 2011, de 14 de julio de 2011 y 18 de marzo de 2003, declararon que “donde la ley no distingue no cabe distinguir”, y consideraron que los colaterales por afinidad de segundo y tercer grado debían ser incluidos en el grupo III y no en el IV.

Pero resulta que la Dirección General de Tributos, en su Consulta de V4132-15, de 23 de diciembre de 2015, aun partiendo de aceptar la inclusión de los colaterales en 2º y 3º grado dentro del grupo III, los excluye en el caso de premoriencia del tío carnal, lo que es, por otro lado, reiteración de su diríase que impasible posición sobre la cuestión.

La DGT comienza por hacer referencia a la muerte y al fallecimiento como causas de extinción del vínculo matrimonial. De ello puede deducirse que su doctrina no incluiría la separación, legal o de hecho, entre cónyuges (por cierto que la separación parece que tampoco privaría de sus beneficios fiscales sucesorios al mismo cónyuge, que casos hay de cónyuges separados que heredan testamentariamente a sus consortes).

En el caso que resuelve la Consulta, la tía consanguínea fue la primera en fallecer, lo que, según la DGT, extinguió desde ese momento el parentesco por afinidad, y esto fue determinante para considerar que, al fallecer con posterioridad el tío político, no fuera aplicable al sobrino el beneficio fiscal. La propia argumentación de la DGT lleva a pensar que la solución hubiera sido distinta si el primero en fallecer hubiera sido el tío político.

Pero, en realidad, esta tesis no encuentra apoyo claro en ninguna norma civil.

Es cierto que el fallecimiento de un cónyuge disuelve el matrimonio, pero de esto no resulta la necesaria y definitiva desaparición de todos sus efectos.

De hecho, al fallecer un cónyuge, el que sobrevive no recupera la condición de soltero, sino que entra en un estado civil particular, el de viudo o viuda, con efectos jurídicos propios, como los que encontramos en la reserva vidual o clásica, que surge, entre otros casos, del nuevo matrimonio del cónyuge supérstite, o los usufructos viduales del derecho foral, normalmente condicionados al mantenimiento del estado de viudo.

Otros ejemplos del reconocimiento de esta condición los encontramos en la protección de derechos de la personalidad (honor, propia imagen) del cónyuge premuerto o de sus derechos personales de autor. Y también es reconocido en otros sectores del ordenamiento (piénsese, por ejemplo, en las pensiones públicas de viudedad, asimismo sujetas a extinción en caso de nuevo matrimonio del viudo).

Por otra parte, la interpretación de la DGT no se adecua a la realidad social, criterio legal interpretativo de las normas (artículo 3.1 Código Civil; aplicable también a las fiscales), que nos demuestra como la relación personal derivada de la afinidad se prolonga, habitualmente, aun después del fallecimiento del cónyuge consanguíneo.

Y sobre todo, es una solución que resulta contraria, teniendo en cuenta lo ya explicado, al fin social de protección de la tercera edad, el cual tiene rango constitucional (artículo 50 de la Constitución Española).

Pero, además, resulta que la Sentencia del Tribunal Supremo Sala 3ª de 1 de abril de 2014 abordó específicamente esta cuestión, rechazando la procedencia del recurso de casación en unificación de doctrina sobre la aplicación del beneficio fiscal en caso de disolución del matrimonio por premoriencia del tío consanguíneo interpuesto por la administración, recordando que ya en su primera sentencia sobre el tema, la de 18 de marzo de 2003, se refirió a un supuesto de tía carnal premuerta, y que no existe doctrina jurisprudencial distinta en la que apoyar el recurso.

A la vista de lo dicho, la manifiesta impermeabilidad de la administración fiscal a la doctrina emanada de nuestro más Alto Tribunal ordinario quizás mereciera una reflexión más general sobre la posición del ciudadano medio que acabe metido, a su pesar, en cuitas tributarias.

Yo mismo (y quién no) tendría mis pequeñas penas que contar, pero lo dejaré aquí, por no ser yo y mis circunstancias fiscales lo esencial, porque esa senda suele llevar, las más de las veces, a ser uno mismo el único que acabe llorando, y porque quiero dejar a los editores abierta la opción de volverme a invitar.

Un saludo a todos, Francisco Mariño Pardo.

 

Nuestro compañero, Francisco Mariño, Notario de Foz, también conocido como Iuris Prudente, es un gallego de Vigo que fue Notario de Bande y Mondoñedo donde potenció la retranca que se percibe en muchos de sus escritos. Su amena forma de escribir hace digeribles materias normalmente peliagudas para profanos y hasta para juristas. Forma parte del Grupo de Jurisprudencia del Sic Notarial por lo que es casi uno más de notaríAbierta y tiene abiertas las puertas para su incorporación como fijo a nuestra plantilla. Gracias por tu magnífico artículo.

 

 

 

Acerca del autor:

Firma invitada – ha escrito posts en NotaríAbierta.


11 Comentarios

  1. Cada vez que veo una cosa de estas me pregunto si la DGT (entre otras Direcciones) se dará cuenta de que no tiene competencia legislativa ni sienta jurisprudencia, que sus resoluciones y consultas son vinculantes para funcionarios, no para todos los ciudadanos, aunque muchas veces pretenda y lamentablemente consiga aumentar de facto sus competencias y que sus normas sean cumplidas por todos para no tener problemas.

  2. Hola Telmo. Gracias por su comentario.

    Para mí, en el caso de la entrada, tenemos un ejemplo claro de como, entre las varias posibles interpretaciones de una norma, la Administración Fiscal siempre, o casi siempre (para ser generoso), va a escoger la que sea más favorable al fin recaudatorio, aunque ese no sea el único interés público en juego.

    En cuanto a lo que comenta, sí creo que la Administración Pública en general, y quizás especialmente la fiscal, es muy consciente de su poder y lo ejerce en relación con el ciudadano medio haciendo un cálculo del coste que en todos los sentidos tiene para este oponerse a sus decisiones (empezando por lo del solve et repete, que desanima al más pintado).

    Y en cuanto al valor relativo de la jurisprudencia del Tribunal Supremo, que se aprecia tanto ante la Administración como ante otros Tribunales (porque debo decir que existen recientes sentencias que no he citado en la entrada y que siguen el mismo criterio de la DGT, obviando expresamente la que yo creo doctrina clara del TS), no siendo un experto en estos temas procesales, me atrevo a decir que pueden influir las recientes reformas que han limitado en gran medida el acceso al recurso de casación.

    Un saludo,

  3. Enhorabuena por el post!
    La Consulta de la DGT que se cita es en mi opinión un auténtico disparate, y es contraria a la doctrina de los órganos superiores. .
    En la página web del Ministerio de Hacienda figura una Resolución del Tribunal Económico Administrativo Central de 8 de Julio de 2014 que señala que el parentesco por afinidad no se extingue por el fallecimiento de la persona que proporciona el vínculo.
    Además si si siguiera la descabellada tesis de la consulta, tendríamos que por el solo fallecimiento del testador o causante se extinguen todos los parentescos, de sangre que tiene con sus hijos y familia, porque por la muerte de una persona se extingue su personalidad civil, dice el artículo 32 del código civil también. Lo cual es absurdo y contrario a la finalidad de la norma.
    En la Resolución acertada del Tribunal Administrativo Central, que admite la afinidad, y que tiene mayor potestad que la Consulta, se indica al final que el criterio normal (de considerar afines a los hijos del cónyuge premuerto) ya fue expuesto en Resolución de 3 de diciembre de 2013 y que fue confirmado por el TS en Sentencia de 1 de abril de 2014.
    En la propia sentencia del TS de 1 de abril de 2014 se transcribe otra STS de 18 de marzo de 2003 en la que se contempla expresamente un caso en el que adquirieron por sucesión parientes por afinidad habiendo fallecido previamente el cónyuge que ocasionó la afinidad.
    La finalidad de la norma está clarísima. quizá el afán recaudatorio de Hacienda también, pero Hacienda, en virtud de los principios de confianza legítima, buena fe, interpretación adecuada de las normas, finalidad de las mismas, respeto al ciudadano, sentido común, lógica de lo razonable, servicio público, debe respetar la voluntad del legislador, la afectio que justifica la bonificación, y los criterios del más alto órgano de su administración, y por supuesto los del más alto órgano de la Justicia.

    1. El problema está en que, al margen de la inseguridad jurídica, mientras la DGT no emita resolución en contrario, se está obligado por parte de los funcionarios a acatar esa consulta y resolver en ese sentido, aunque luego llegue a la vía de la reclamación económico-administrativa y empiecen a deshacer todos los entuertos.

      Pero claro, estas formas también favorecen a Hacienda porque habrá gente que no reclame y esas cuotas quedarán en Hacienda cuando no es lo legal.

  4. Gracias nuevamente por los comentarios, Pilar y Telmo. No conocía la Resolucion que dice, Pilar, pero llamativamente, e incidiendo en el tema de la inseguridad jurídica del contribuyente, el TSJ de Madrid ha dictado varias sentencias, creo que varias son del 22 de febrero de 2016, con la misma tesis de la DGT, y una de ellas es especialmente llamativa, pues el recurrente alegó la Sentencia del TS de 2014, y el TSJ se permitió decir que esa sentencia estaba confusamente reproducida por las editoriales jurídicas, y que no había doctrina jurisprudencial al respecto, cuando, o yo no entiendo nada, o el Supremo no puede ser más claro. Efectivamente, como usted apunta, Pilar, llevando al absurdo el argumento de la DGT, cualquier efecto sucesorio derivado de una relación familiar, o sea la entera sucesión intestada, incluida la del conyuge, se produce una vez extinguida la relacion por la muerte de la persona. A todos los argumentos que dan, añado otro. Antes del 1981 la afinidad era impedimento matrimonial en ciertos casos, y ello supone necesariamente que se estaba contemplando por el legislador la subsistencia del vínculo tras fallecer el cónyuge consanguíneo

  5. Gracias por los comentarios!

    Me gustaría que leyeran esto:

    FUNDAMENTOS DE DERECHO
    PRIMERO.- La cuestión de fondo objeto de controversia en las presentes actuaciones se contrae a dilucidar si Don Benedicto , ” sobrino carnal de la esposa, premuerta, del causante y testador, Don Humberto”, fallecido el 10 de julio de 1989, debe considerarse comprendido, a tenor del criterio de la sentencia de instancia, como colateral de tercer grado por afinidad que es del citado Sr. Humberto , en el Grupo III del artículo 20 de la Ley 29/1987, de 18 de diciembre, del Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones, dentro del concepto “colaterales de segundo y tercer grado”, o, por el contrario, según el parecer de la Administración del Estado, debe reputarse como extraño.

    … En este caso de autos, el interesado ha sido incluído, por la Administración, como colateral de tercer grado por afinidad, en el Grupo IV, situación que violenta las reglas de la más elemental lógica, pues, de dicho modo, ha sido convertido o bien en un colateral de cuarto grado o de grado más distante o bien en un extraño. La primera alternativa es una pura contradicción, pues, según el artículo 918 del CC, el hermano dista tres grados del tío, y, por ello, el aquí interesado es colateral de tercer grado por afinidad y no colateral de
    cuarto grado o de grado más remoto.
    Y la segunda alternativa es una transgresión del artículo 20 de la Ley 29/1987, pues es indiscutible que el interesado no es un extraño, ya que es sobrino político, pero sobrino, según la terminología usual, y colateral de tercer grado por afinidad, según el CC, del causante (sin que quepa, ya, la “fictio iuris” de asimilar a los colaterales por afinidad con los extraños, pues para tal consideración se requiere una Ley que así lo disponga, cuando, además, lo congruente con toda la evolución expuesta es que en el Grupo III del artículo 20
    de la Ley 29/1987 se consideren comprendidos los colaterales de segundo y tercer grado por consanguinidad y por afinidad, con abstracción, también, de los ascendientes y descendientes por afinidad, que no fueron incluídos en el Grupo II).

    Hay que leer la sentencia del Tribunal Supremo de 18 de marzo de 2003, directamente del CENDOJ (para evitar malentendidos) porque estudia profundamente la evolución histórica y fundamentación de la regulación actual: no tiene desperdicio.

    http://www.poderjudicial.es/search/doAction?action=contentpdf&databasematch=TS&reference=3268485&links=&optimize=20030613&publicinterface=true

    Y está catalogada así por los propios jueces en el Cendoj:
    Nº Recurso: 3699/1998 — Fecha: 18/03/2003
    Tipo Resolución: Sentencia
    Resumen: Impuesto de Sucesiones, I.Suc: El colateral de tercer grado por ‘afinidad’ (el sobrino carnal de la esposa, premuerta, del causante fallecido -único heredero testamentario, aquél, de éste-) está comprendido en el Grupo III del artículo 20 de la Ley 29/1987, dentro del concepto “Colaterales de segundo y tercer grado”, o, por el contrario, caso de referirse tal última frase sólo a los colaterales por consanguinidad, está comprendido en el Grupo IV del artículo antes citado, dentro del concepto “Colaterales de cuarto grado, grados más distantes y extraños”, y, por tanto, en este segundo supuesto, no hay lugar a reducción en la base imponible ?.-

    Nótese de nuevo: sobrino carnal de la esposa premuerta del testador. Esposa premuerta. Sobrino de la esposa premuerta. Se considera por el Tribunal Supremo pariente por afinidad en tercer grado, y lo contrario, dice , o violenta las reglas de la más elemental lógica, o es una transgresión del artículo 20 de la Ley…

  6. Sí. De hecho, si no recuerdo mal, la Sentencia de TS de abril 2014 ya dice que su sentencia de 18 de marzo de 2003 se refiere a un caso de tía carnal premuerta y que no existe, en contra de lo que decía la administración, ninguna sentencia del TS de signo contrario en que basar la necesidad de un recurso para unificación de doctrina.

  7. Me gustaría que me aclarara una duda. En una herencia con testamento a favor de una hija por afinidad y de la hija de ésta (nieta del fallecido), ¿la nieta también es considerada por afinidad?. El abogado que nos está llevando el tema dice q la hija sí que sería por afinidad pero que la nieta ya no estaría dentro de ningún grupo de parentesco y tendría q pagar bastante más, gracias de antemano, un saludo

  8. Gracias por el comentario,

    Entiendo que cuando se refiere a la hija por afinidad está hablando de la nuera del causante, siendo cierto que yernos y nueras plantean alguna duda sobre su condición de afines, como explico en la entrada, pero la nieta del causante no sería pariente por afinidad sino descendiente consanguíneo. Así que me imagino que falta algún dato en su comentario. En todo caso, habiendo intervenido ya un profesional que le ha asesorado, entiendo que nada más debo decir sobre el tema. Un saludo,

  9. Disculpa, creo que no lo he expresado de forma clara. El viudo de mi abuela (que no es padre de mi madre), ha dejado testamento a favor de mi madre y de mi (para mi ha sido como un abuelo aunque no lo fuese por consanguinidad). De ahí mi duda, ya que mi madre pagaría como hija por afinidad y yo una cantidad mucho más alta, gracias por su atención, un saludo.

  10. Ya. Digamos que su madre es la hijastra y usted su nietastra, valga la expresión. Hasta donde alcanzo, su madre sería, en principio, pariente por afinidad y usted también pues es nieta de su abuela, es decir, descendiente consanguíneo del cónyuge del causante. Pero si me dice que es el viudo de su abuela, entiendo que esta murió antes que él, que es precisamente el caso dudoso que planteo en la entrada, aunque desde que la escribí ya ha salido alguna sentencia del Tribunal Supremo a favor de que el parentesco por afinidad no se extingue tras la muerte del consanguíneo. De todas formas, si lo ha consultado con un profesional, le aconsejo que esté a lo que le diga y si no le convence siempre puede consultarlo con otro. Estos temas fiscales son complejos y además las distintas Comunidades autónomas tienen normativas y criterios diversos, y puede ser, no lo sé, que en alguna los beneficios se limiten a los parientes en primer grado por afinidad., o que haya alguna otra razón que a mí se me escape para lo que le han dicho. Un saludo,

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